Quédate en casa y olvídate del alcalde

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El tendero del barrio se quedó en casa. Desde mi ventana, la vista de su puerta metálica cerrada con doble candado es el paisaje más desolador que haya conocido esta calle en mucho tiempo. Es la víspera del estado de emergencia decretado por el gobierno y el día uno del encierro. Y pinta mal: todavía no son las siete de la mañana y el ansiómetro ya marca zona roja. ¡Blam!, resuena al interior de mi cabeza como si la puerta acabara de cerrarse. “¡Vecino, pero si hasta Lenín Moreno dijo que las tiendas de barrio iban a estar abiertas! ¡Específicamente lo dijo: tien-das-de-ba-rrio!”. Ya nada: habrá que vivir sin pan y leche.

Con una taza de café negro y una funda de Papá Noel con restos rancios de galletas de animalitos (último recuerdo de las navidades pasadas), busco explicación o consuelo en las redes sociales, donde otros (a diferencia del tendero) hacen horas extras: ni los médicos del turno de emergencias del hospital Eugenio Espejo trabajaron más que los troles del alcalde Jorge Yunda ayer en la capital. Madrugaron para salvar los muebles mientras los quiteños volcaban su confusión (matizada con una que otra palabrota) en frenéticos mensajes.

“Yunda ministro de Salud”, “Yunda presidente”, “Yunda matavirus” pregonaban las hordas municipales. Los que, como yo, se acostaron con la noticia de que las restricciones al tránsito vehicular regirían desde el día siguiente por decreto presidencial, sorprendidos con las nuevas disposiciones emanadas desde la Alcaldía que los obligaban a quedarse en casa, matizaban: “Yunda #@@%##”. Mientras tanto, desde todos los rincones del Twitter y del Facebook, el alcalde posicionaba su nueva identidad: chaleco fosforescente y mascarilla de cirujano que le tapa media cara. Quién sabe, a lo mejor es otro.


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Una revisión sumaria de mi ‘timeline’ basta para entrar en antecedentes y explicarme, de paso, la inusitada ausencia del tendero. “Yo soy médico -dice uno-, ¿tengo que trasladarme en taxi como dijo @LoroHomero?”. Más abajo: “¿Cómo hacemos para ir a la oficina a retirar lo necesario para trabajar desde la casa?”. “¿Y los periodistas cómo nos movemos?”. “¿Y los que trabajan en los supermercados?”. “¿Y los repartidores del gas?”. “¿Y los que hacen entregas de comida a domicilio?”.

Yunda puso patas para arriba la ciudad. Lo que debía ser un día de preparación para la emergencia se convirtió en día de desconcierto gracias a su decisión de prohibir de la noche a la mañana el uso del espacio público, incluidas las veredas. Eso es pedirle demasiado a una multitud a la que le basta un soplido para entrar en pánico. Gente que necesita que el Estado delegue un funcionario para que le diga cómo caminar: primero un pie, después el otro.

Pasan 24 horas al día conectados con un medio de comunicación (sus redes sociales) que les permite enterarse en tiempo real de lo que ocurre en Wuhan, y luego son incapaces de administrar su metro cuadrado sin ayuda del gobierno. Señora ministra, tengo un perro, ¿lo puedo sacar a pasear? “No está prohibido salir -responde María Paula Romo-, excepto entre 21:00 y 05:00, pero hay que procurar el mínimo contacto con otras personas”. ¿Y yo, ministra? Yo tengo una perra, ¿qué hago? Estoy caricaturizando, por supuesto, pero más o menos así fue la inédita experiencia que la ministra de Gobierno ensayó la noche del lunes, cuando decidió responder personalmente, desde su cuenta de Twitter, todas las preguntas que pudieran plantearle sobre las medidas contempladas en la declaración de estado de emergencia. Para la población angustiada era como si el oráculo de Delfos descendiera del Parnaso para ocuparse de cada una de sus frágiles criaturas. Hasta las diez de la noche se quedó la ministra, repartiendo salvoconductos, repitiendo una y otra vez las mismas respuestas para idénticas preguntas: “No está prohibido salir, excepto entre 21:00 y 05:00, pero hay que procurar el mínimo contacto con otras personas”.

En eso sale Jorge Yunda y dice que no hay cómo poner un pie en la vereda. Ni para pasear al perro. O a la perra. Crack. Colapso. Las redes sociales estallan en una avalancha de histeria. Es una suerte, me digo: puedo trabajar en casa y no tengo perro.

Afuera reina un silencio de Viernes Santo. Ni un motor, ni una sirena, ni siquiera la frutera con su megáfono rompen la paz de esta extrañísima mañana de martes. Quizá por la noche algún vecino de los edificios adyacentes tenga a bien ofrecernos una serenata con trompeta. Pero no. Esto no es Italia. Lo que suena ahora exactamente desde la ventana del piso del frente es el aullido de un telepredicador que se dirige al barrio entero desde una radio a todo volumen: “¡Fuera Satanás, fuera maligno, fuera demonio, fuera virus!”. Se jodió el teletrabajo.