Joyce Rose Bruckmann: Auténtica y libre

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Desde muy pequeña, el dibujo fue su medio de expresión más preciso. El rastro de su huella artística siempre estuvo presente en su casa. Y mientras la vida transcurría, fue puliendo su destreza y habilidad con el pincel. Autodidacta, Joyce es una artista que ha dejado fluir con libertad su creatividad y talento, sin encasillarlo a estilos o formatos establecidos por terceros. Con trazos determinantes y vigorosos tintes de color, su obra revela su interior. Lo que ha creado es un compendio de su vida, sus afectos y desalientos también.

Guayaquileña de nacimiento y convicción, a sus 66 años su obra ha sido expuesta en diferentes escenarios, con variadas temáticas y recursos pictóricos. Del pastel seco pasó al óleo y de ahí descubrió las bondades del acrílico para trabajar en grandes formatos. Más tarde, recursiva, descubrió la belleza de la pintura sobre tela, plasmando diseños exclusivos en cada prenda.

Su casa es también su propio reflejo, con un estilo ecléctico con el que mezcla lo bohemio y lo chic con gusto refinado. No le gustan los elementos heredados y todo lo que tiene lo ha ido adquiriendo en diferentes etapas de vida. En cada rincón hay cuadros, objetos y esculturas creados por ella, y la suma es un recinto donde el arte comanda en todo nivel.


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Cuestionadora y crítica por naturaleza, la artista ha definido su propio estándar de vida, siguiendo sus instintos y buscando siempre ser original, sin limitarse jamás a convencionalismos sociales de ningún tipo. “Me enervan las religiones porque te encasillan. Me gusta lo que hay dentro, y en eso creo. Quiero que mis hijos también tengan una mente más amplia, guiándose con su propia intuición”.

Muy delgada y de finas facciones, su ascendencia alemana se destaca. De agradable trato, Joyce ha recorrido un camino en el que su familia ha sido el centro mismo de su existencia. Se casó muy joven con Santiago Ponce y se radicó en Quito desde entonces. Y aunque le gusta mucho la Sierra, sus raíces guayaquileñas son protagónicas.

A los 14 años sus padres la enviaron a Canadá para que estudie y se gradúe en un internado, y esa experiencia la guio a mantener, más tarde, un hogar unido y firme. Y a pesar de que su matrimonio se rompió hace más de 20 años, sigue manteniendo una excelente relación con el padre de sus hijos. “Lo que más amo de la Sierra son mis hijos. Nacieron y se formaron aquí y nada me hace más feliz que ellos”. Santiago, Daniel y Pablo componen su hogar, junto a sus seis entrañables nietos, nueras y cuñadas. Junto a ella, sus fieles perros Bianca y Ramón (de raza Jack Rusell y albinos) la acompañan fielmente.

Para Joyce, la obra más representativa de todas las que ha creado es un retrato de su nieto Martín Ponce, de nueve años, quien vive en Cuenca con sus padres. Un capítulo aparte representa su única hija, Joyce, quien falleció de una enfermedad degenerativa hace seis años, cumplidos los 38, un evento inconmensurablemente doloroso del que nunca se repondrá del todo. “Cuando ella murió mi forma de duelo fue pintar y pintar. Pinté murales en las paredes de mi casa y eso me ayudó mucho”.


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De férreo espíritu, la artista (mientras su hija estuvo enferma) superó un cáncer de seno y en la actualidad atraviesa un delicado estado de salud que enfrenta con la ayuda y apoyo de toda su familia. “Tengo la neurona motora inferior afectada y estoy luchando para estar bien, no quiero ver a mis hijos y nietos sufriendo y eso es lo que más afecta”, dice.

“He tenido una vida plena. Mi amor han sido mis hijos y aunque en el plano sentimental no he tenido tanta suerte, he sido feliz. Daba clases de pintura y ahora ya no puedo, pero tengo mi casa, mis perros, mis pinturas”.

La herencia ha sido en vida, inculcando a sus hijos a ser felices e independientes, buscando su propio camino, con un hogar a donde volver siempre, como afirma Pablo. Mientras Daniel destaca orgulloso el alma luchadora de Joyce, quien ha conseguido lo que ha querido, y ser una artista única.


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