El porqué de escribir

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Gracias a la gentil invitación de los directivos de Diario Expreso, inicio una columna mensual, a la que he decidido titular Con altura, como una consecuencia del repentino entusiasmo que su solo nombre provoca entre los seguidores de mi célebre tocaya, la Rosalía catalana que ha puesto de moda otra vez las canciones andaluzas, así como las repercusiones que el tuit de respuesta a una despistada felicitación generó a través de las redes sociales.

Escribo para los periódicos desde que cumplí los 17 años, no sé cómo a esa edad y en esas épocas, hace más de cuarenta años, me aceptaron como parte de la página editorial de un diario, junto a los más renombrados escritores de mi ciudad y de mi provincia.

Desde allí, escribir para los periódicos se ha transformado en un vicio, en una necesidad vital, en algo tan importante como respirar o comer.

Si no tengo una columna, si no escribo con frecuencia, siento que me asfixio, que no tengo una especie de tubo de escape que me permite seguir viva, interesada por todo lo que pasa en la comunidad y en el mundo, con la capacidad de decir mi opinión o explicitar mis puntos de vista, perspectivas, modo de mirar los diferentes acontecimientos.

Sabemos que ahora es necesaria una mirada glocal, que parta del reconocimiento de la identidad, de lo que somos, de nuestra cultura, gastronomía, vivencias, manera de ser, que se asemeja a la de nuestros vecinos, familia, entorno, y se conjugue con lo que nos viene de fuera, de ese mundo exterior que cada vez está más cercano, lo global, que nos provee de las herramientas que la ciencia, la tecnología y la innovación ponen a nuestro alcance.

Por ello solemos decir que somos ciudadanos glocales, con la mixtura de esos dos conceptos que dan origen a uno nuevo, pero también a un neologismo, totalmente aceptable dentro del crecimiento y modificación de las lenguas, que funcionan a manera de organismos vivos y por lo tanto transformables.

Soy de aquellas personas a las que inquieta todo, a las que cada episodio, cada espacio, cada mundo en el que me sumerjo, despierta curiosidad, apetencia por conocer, por aprender más, pero también por dar nuestro aporte, desde los saberes y las perspectivas que cada uno de nosotros tenemos.

A veces es el arte o la literatura la que invade las páginas, como cuando escribía con el seudónimo de Martina, o sobre las costumbres de una determinada región, con la idea de crear referentes, a manera de cuadro o fotografía, de las cosas que se describen y se promueven.

Pero es la política la que cubre espacios y se roba protagonismo, y es el seudónimo Manuela el que hace su aparición, allá en los lejanos tiempos en los que inicié mi actividad periodística, para luego arriesgarme a escribir con nombre y apellidos y continuar esta actividad de comunicadora, con referencias a la ciencia, la educación, los quehaceres de una sociedad compleja y vibrante como la nuestra.

Solo así se justifican las ganas de escribir nuevamente, en una columna mensual que será ejecutada Con altura, a conciencia.