Día Internacional de la Mujer: Celebración femenina

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Los vendedores de flores hoy han hecho roncha. Es decir, un buen negocio, para usar las palabras correctas. Y es que con el calendario que reza 8 de marzo, Día de la Mujer, muchos caballeros se han sentido ‘especiales’ al regalar una rosa; y vaya que nosotras lo agradecemos, porque recibir un detalle de este tipo, siempre nos saca una sonrisa. Pero de allí a una celebración verdadera, hay un abismo.

Empecemos por lo esencial: la vida, y en ello tenemos todas las de perder. En Ecuador cada 71 horas en promedio, se registra un femicidio, un asesinato a una mujer, por ser mujer. En la mayoría de los casos, en un 86 % exactamente, las víctimas han tenido relación cercana con los victimarios. Las cifras corresponden al Centro Ecuatoriano para la Promoción y Acción de la Mujer, CEPAM, que cerró 2019 registrando 106 casos de femicidio. 

Soy del grupo que cree haber alcanzado la voz, la valentía de romper la cadena de silencio, denunciando el abuso y la violencia, que en el pasado logró esconder y minimizar este tipo de delitos. Es un gran paso el que se ha dado, sí, pero sabemos que el camino todavía es largo.

En materia política, la realidad fue evidenciada en las últimas elecciones generales. Del total de dignidades electas en 2019, solo el 27 % fueron mujeres, frente al 73 % de hombres. De los 221 municipios del país, solo 18 tienen mujeres alcaldesas; en las 23 prefecturas provinciales, 19 son encabezadas por hombres y 4 por mujeres.

La buena noticia es que la Legislación nos va acompañando y empoderando a las mujeres que no se resignan a perder, como en el caso de las concejalas que siguen demandando su derecho a ser vicealcaldesas. Tener la valentía de judicializar sus denuncias, ya es una victoria. Por estos casos y otros, resulta necesario y urgente, el pronunciamiento de la Corte Constitucional, para poner fin a las interpretaciones machistas de la ley.

En el Poder Legislativo, el 39 % de las curules están ocupadas por mujeres, y aunque no hay equidad en el Gabinete Ministerial, tenemos una ministra de Gobierno, una Fiscal General, una presidenta del Poder Judicial y otra presidenta en el Poder Electoral. ¿Qué más quieren? Dirán muchos hombres. Pues equidad, ni menos ni más.

En Educación tenemos una de cal y otra de arena. Si bien hay más mujeres que hombres en las universidades del Ecuador, el analfabetismo es mayor en ellas, sobre todo en las áreas rurales. Desafortunadamente, aunque el sistema educativo ecuatoriano no hace diferencias, en los hogares donde las necesidades abundan, se prefiere a los varones para ir a la escuela.

En el trabajo la realidad es dolorosa. Las mujeres tienen mayor carga y menor sueldo, con honrosas excepciones. Quienes integran el mercado laboral, cuando llegan a sus casas se cambian de ropa, pero también de oficio. ¿Alguien lo duda? Desafortunadamente se da por sentado que los hijos deben ser atendidos por ellas, al igual que el aseo, la comida y la ropa limpia. Sabemos que las cosas van cambiando y que cada día hay más hogares donde se reparten los quehaceres, pero esto hace tiempo debió ser un asunto superado.

En diciembre último, el Foro Económico Mundial, WEF, por sus siglas en inglés, determinó que hacen falta casi 100 años para cerrar las brechas entre hombres y mujeres, tras analizar las realidades económicas, sociales y políticas. Se dijo que Ecuador, con respecto al 2018, perdió 7 puestos en el índice de paridad, ubicándose en el #41 de 153 países analizados.

Sé lo que responderían muchas mujeres con esta sentencia de la WEF, de que tenemos que esperar 100 años: “Lo sentimos, no podemos aceptarlo”. Coincido. Por eso es preciso reforzar la unidad y empoderarnos. No luchar contra los hombres, sino con ellos. No esperar que nos concedan espacios de poder, sino tomándolos… Y si en el camino nos regalan una rosa, pues -gracias- les entregaremos una sonrisa de vuelta.

Por eso es que hoy no puede haber celebración, acaso conmemoración, pues ya sabemos que la fecha recuerda la primera y fatídica marcha de mujeres obreras en 1857 en Nueva York. Por fortuna, tanto ha cambiado desde entonces.