Cuarenta años de democracia, sin máscaras

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“Crecí sabiendo que tenía la edad de la democracia, escuchando la historia de optimismo del día en que asumió Roldós. Cómo cada presidente nos parecía peor que el anterior. Crecí para escuchar a los mayores que me rodeaban decir que en los años militares estuvimos mejor. Que no había sido una dictadura terrible como las del Conos Sur. Que había sido una ‘dictablanda’. Crecí para encontrar en la calle gente que pedía mano dura. Aduladores de dictadores, “porque algo así no pasa allá. Allá sí hay orden.”. Siendo ese allá un país sin derecho a protestar”.

Así inicia el prólogo de la cronista Sabrina Duque. El texto acompaña a ‘Cuarentena, los encantamientos de la democracia’, obra editada a fines del año pasado por el periodista Diego Cazar, y que vio la luz poco después del paro nacional que caotizó al Ecuador.

La obra analiza, a través de siete crónicas, los aspectos de la democracia que surgieron a la par del discurso oficial y con las que el Estado tiene deudas pendientes: los derechos de las mujeres y de las personas con discapacidad, los desaparecidos, los torturados y encarcelados, la lucha indígena y el pasado político de un país eternamente tambaleante.

“Este libro empezó con el aniversario del retorno a la democracia, tras caer en cuenta que no se propuso una reflexión sobre este proceso. En ese sentido, planteamos un análisis que no fuera enciclopédico, coyuntural o cronológico, sino que deliberara, desde la interpelación y el autocuestionamiento, sobre lo que hemos hecho en estos últimos cuarenta años como sociedad civil (…) queríamos que esta reflexión surja desde instancias de la vida pública que no son tomadas en cuenta en el discurso oficial, de tal modo que pudiéramos cuestionarnos a nosotros mismos por un lado, e identificar cuál es la distancia que existe entre el discurso de la democracia y las prácticas de la democracia”, explicó a EXPRESO el editor del libro, publicado con el sello nacional El Conejo.

En ese contexto, Milagros Aguirre, Carlos Flores, Luis Fernando Fonseca, Gabriela (Sinchi) Gómez, Karina Marín, Julia Ortega y Fausto Rivera ahondan en los complejos temas que quedaron en la periferia del supuesto ejercicio democrático.

“¿Qué le debe la democracia al movimiento de mujeres? Un montón. No hay cultura democrática donde se piense en las mujeres. No hay una cultura que respete el trabajo de las mujeres. Todavía hay una noción de democracia super patriarcal (…) Se nos han pasado por encima veinte, treinta, cuarenta años”, señala Gioconda Herrera, una de las mujeres a las que entrevista Julia Ortega en el texto ‘Un decálogo desobediente’.

En él, Ortega reflexiona sobre los avances en derechos que se han dado desde 1979. Recién en 1994 el país suscribió la Convención Interamericana para prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer. Este concepto se convirtió en ley nacional durante el último gobierno (actualmente sus políticas no se aplican a cabalidad por recortes presupuestarios).

El ’94 también se generaron protocolos para asentar las pruebas de violencia sexual contra las mujeres. En 1998 finalmente se estableció la igualdad de género y derechos humanos. Apenas en 2008 se aprobó la imprescriptibilidad de delitos relacionados a la violencia intrafamiliar, la valoración del trabajo doméstico, el acceso universal a la seguridad social y la paridad electoral. A esto, se suman los pendientes: la legalización del aborto, la educación sexual, la equidad salarial, y la representación política.

Este último aspecto lo aborda Fausto Rivera en ‘La presidenta incómoda’, un perfil a Rosalía Arteaga, quien fuera presidenta del país durante tan solo una semana tras el derrocamiento de Abdalá Bucaram.

“Quería ahondar en quién era esta mujer y qué significó para el país que ella no asumiera el poder cuando le tocaba hacerlo, sobre todo cuando había el precedente de la muerte de Roldós y el cambio de mando en que Oswaldo Hurtado, su vicepresidente, asumió el poder sin problema”, explicó.

El perfil no solo desnuda el desmontaje de la cadena democrática tras el derrocamiento, sino sus porqués, y lo que no se dijo en su momento: Rosalía no asumió el cargo, porque era mujer.

“El sistema político en el país es un sistema liderado por patriarcas, y es algo que no ha cambiado. La forma de la constitución de la política ecuatoriana ha sido siempre vertical, bastante maniquea y selectiva en cuanto a los conflictos de poder que han surgido, y sobre todo, siempre ha sido hipermasculinizada, en esta línea vertical del patrón que quiere gobernar a toda costa. En esa época era inconcebible que Rosalía fuera presidenta”.

En ‘Cárceles y tumbas’, Luis Fernando Fonseca aborda el olvido y la falta de reparación para las víctimas del Estado, muchas de ellas registradas durante un periodo supuestamente democrático, como fue la presidencia de León Febres Cordero.

La crónica inicia en el expenal García Moreno de Quito con la historia de Mauricio Samaniego, miembro de Alfaro Vive Carajo, que vivió en carne propia la furia del régimen.

“Quería saber qué había quedado en la memoria del régimen que, en democracia, fue el más represivo de los últimos cuarenta años. Me parecía que sólo solo afectados directos eran quienes sostenían un relató sobre este período, pero luego encontré a otras personas que dieron su dimensión a esos abusos, e incluso hallé casos que repetían este patrón represivo fuera de ese gobierno, y con características de impunidad similares”, señaló.

A este análisis, lo acompañó la noción de que, pese a que durante el gobierno pasado se estableció una Comisión de la Verdad, con el fin de ofrecer reparaciones a las víctimas, de las numerosas recomendaciones realizadas, ni ese gobierno ni el actual las han aplicado.

“Para fortalecer la democracia, no se debe dejar de lado la memoria. Hay cosas muy concretas que se han incumplido, como el propio museo de la memoria. Eso, que era parte de un mandato de una ley de reparación a las víctimas, ha quedado en el olvido. Ecuador no tiene que hablar de una reconcilicación social, pero sí de la construcción de una memoria colectiva que tenga representaciones, como este museo. Las 153 recomendaciones de los informes de la Comisión de la Verdad han quedado en el papel, porque no existe la voluntad política, ni la decisión del gobierno actual o del anterior para que se lleven a cabo. Se deja en el olvido a las víctimas y se deja una deuda pendiente”.

¿Es posible construir una democracia saludable con tantos ejes pendientes?

Para Cazar, este debate es necesario, sobre todo cuando la palestra pública ha cambiado. “En la era digital, los nuevos términos de la vida democrática son inhóspitos. No estamos listos para entrar en el juego democrático en procura de una ciudadanía digital si no hemos cerrado los maltrechos ciclos previos. En la democracia de la era digital no basta con conectarnos todos a través de internet si no hemos inaugurado aun espacios de reconciliación para recobrar la memoria”.

Sabrina Duque, en cambio, cree que sí es posible tomando en cuenta que, pese a lo que resta por hacer, sí se ha avanzado en derechos. “El saldo de Ecuador no es malo”, escribe. “Quizás nos lo parece porque nosotros sólo hemos vivido esta imperfecta democracia. El valor de este libro es mostrarnos que seguimos jugando y seguiremos ganando”.

No todos concuerdan. “Creo que se ha postergado demasiado el respeto a los ciudadanos y sus derechos y por eso hay más de una generación que no creemos que haya una salida pronta a este problema, que no creemos que el Ecuador vaya a ser un país democrático de forma cabal en el corto plazo, y no es un país en que queremos envejecer”, agrega Fonseca. “Creo que ese es el síntoma más grave, el hecho de que los jóvenes se quieren ir, porque no hay garantías aquí para que puedan ejercer sus derechos”.

Ustedes decidan.