Reflexionemos a tiempo

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El tiempo vuela. Estamos a menos de un año de la fecha en que deben llevarse a cabo las elecciones para designar presidente y vicepresidente de la República, asambleístas, entre otras dignidades. Hasta este momento sucede lo que por desgracia siempre ha sucedido en nuestra tragicómica política nacional. No hay aún ni los candidatos serios, honestos, probos, capaces, experimentados. Y menos todavía existen programas o proyectos de gobierno, que el pueblo ecuatoriano debería conocer con la debida anticipación.

Es un hecho evidente que la política nacional es una política que no tiene coherencia con nuestra realidad política, económica y social. En efecto, “cualquier hijo de vecino”, sin ningún antecedente de servicio público o privado, se lanza a la presidencia de la República, a la Asamblea Nacional, a las alcaldías, a las prefecturas, con la esperanza de que el pueblo una vez más se equivoque y vote por esas candidaturas. Esto ya no puede pasar más. El mundo en el que vivimos no acepta improvisaciones ni fantochadas como argumentos para aspirar a una elección de carácter popular. Los países que surgen y progresan son aquellos que cuentan con líderes políticos de verdad, con estadistas que ponen a consideración del pueblo proyectos y propuestas de corto, mediano y largo alcance. Desgraciadamente en nuestro país los seudopolíticos solo piensan en las elecciones que tienen en las puntas de sus narices, sin importarles el futuro. Y a eso se debe nuestro fracaso nacional, que no lo podemos tapar, así como tampoco se puede tapar el sol con un dedo.

Todas estas reflexiones deben ser entendidas tanto por los políticos, como por el pueblo, para que no sea engañado una vez más y “tenga que llorar como mujer, con el perdón de las mujeres, lo que no pudo defender como hombre”. Esta frase fue pronunciada por Aixa, madre de Boabdil, último rey islámico de Granada.

Ecuador no está para más experimentos. Quienes aspiren al poder tienen hoy, más que nunca, una gran responsabilidad: luchar contra la corrupción que nos carcome.