Delirios de grandeza

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La mañana del 1 de julio de 1959 tres hombres entraron al pabellón D23 del Hospital Ypsilanti (Michigan, Estados Unidos). Nada particular con el encuentro entre León, Joseph y Clyde, excepto que cada uno de ellos creía ser el verdadero Mesías.

La coincidencia de los tres Cristos ilusorios en la unidad psiquiátrica obedeció al interés del psicólogo Milton Rokeach. En sus palabras, buscaba “…explorar los procesos de cambio de los delirantes sistemas de creencias y de conducta…” (The Three Christs of Ypsilanti, 1964). Su idea fue confrontarlos; pero dos años después, cada uno seguía creyendo que era el verdadero Jesús y los otros dos, falsos.

Alguna vez Voltaire publicó la historia de Simon Morin, quemado en la hoguera en 1663, por creerse Jesús. Pero estos delirios, creencias patológicas, generalmente irracionales, son más comunes de lo que usted piensa.

Para Dan Jones –divulgador científico británico– “vivimos una era de delirios masivos y muy pocas personas son inmunes a ello” (revista New Scientist The Collection 2019).

Por cierto, no todos creen ser el Mesías. Estos delirios masivos son más mundanos. ¿Ejemplos? creer que se es presidenciable, creer que una celebridad se enamoró de usted o creer que es perseguido. Creer las historias falsas que –además– cree que solo usted recibe. Creer que este artículo está escrito especialmente para usted –sí, solo usted y no los demás lectores–.

Esta vulnerabilidad a delirar es parte de la condición humana. Recuerden los sesgos cognitivos y el Efecto de la Verdad Ilusoria. La pregunta es, en una sociedad hiperconectada e hiperinformada, ¿somos más propensos a crear profetas falsos?

El tema es que somos –cada vez más– pensadores intuitivos. Y confiamos demasiado en nuestras creencias. Daniel Kahneman, psicólogo con premio nobel, sostiene que tenemos dos sistemas de pensamiento: el Uno y el Dos. Uno es deliberado, consciente, analítico, lento; el otro, intuitivo y rápido. Ergo, siendo intuitivos “podemos estar ciegos para lo evidente y ciegos, además, para nuestra ceguera”, escribe en Thinking Fast, Thinking Slow.

En el 2006 me cuestionaba, en La Sociedad Karaoke, si los comunicadores eran los hierofantes de la posmodernidad. Vuelvo a preguntar: ¿será que la comunicación es la religión de nuestros días?

¿Será que las marcas son los nuevos ídolos que adoramos? (O)