El año de Trump

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El presidente más temperamental que ha conocido Estados Unidos se enfrenta a su año decisivo. Si obtiene un segundo mandato en las elecciones de noviembre se debilitará la percepción de que su ascenso al poder fue una carambola fatídica y su paso por la Casa Blanca en el fondo una vacuna contra el populismo.

En 2016 perdió en votos pero ganó en número de compromisarios elegidos. Desde entonces sigue al milímetro las encuestas de popularidad, sobre las que tuitea sin parar, exigiendo que los números le den de una vez el respaldo de la mayoría de los ciudadanos. La obsesión vital de Trump es ser aceptado, lograr el reconocimiento a su trayectoria empresarial y política que le han negado siempre las elites del país.

Esta semana ha puesto en pausa la guerra comercial con China, al firmar un acuerdo superficial, en el que el régimen de Pekín hace pequeñas concesiones y no se compromete realmente a casi nada. Pero el pacto permite al presidente norteamericano vender un éxito internacional y hacer un guiño a los trabajadores blancos de industrias perdedoras en la globalización. Son los votantes a los que menos favorece la buena marcha de la economía en Estados Unidos. El supuesto éxito diplomático con China es también una manera de cambiar el ciclo de noticias sobre su juicio político, iniciado de forma solemne en el Senado. Las acusaciones son muy graves y están sustentadas en hechos probados, pero la mayoría republicana no permitirá que prospere el intento de destitución. A pesar de contar con esta garantía, el presidente se lo ha tomado como un ataque personal en vez de entenderlo como parte de las tormentas del poder.

Si siguiera el manual del populista, se presentaría como la víctima de una maniobra política injusta de los demócratas y apelaría al ciudadano de a pie para acabar con la corrupción de Washington. En cambio, a diario Trump pierde los nervios y tuitea a la defensiva. Incluso confunde la noción de juicio político con una denuncia ante los tribunales, un episodio al que por otra parte debería estar acostumbrado.

José M. de AreilzaJosé M. de AreilzaArticulista de OpiniónJosé M. de Areilza