Matar a un asesino no es asesinar

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Cuántas veces hemos oído hablar en los últimos diez días del «asesinato del general Soleimani»? Así se manipula la opinión pública.

Según el diccionario de RAE asesinar es «matar a alguien con alevosía, ensañamiento o por una recompensa». Ni hubo alevosía, ni se dio ensañamiento, ni los drones cobran recompensas -creo…

Soleimani dirigía organizaciones terroristas en diferentes países y dio golpes en otros. La Fuerza Quds, encargada de las operaciones externas de los Guardianes de la Revolución iraní, estaba bajo el mando de Soleimani desde 1998. Anteriormente ya había saltado a la fama por el atentado de la AMIA en Buenos aires donde murieron 85 personas.

Siguiendo la guía -nunca contestada- que publicó Dexter Filkins en «The New Yorker» el 30 de septiembre de 2013, entre las acciones de Soleimani destaca cómo preparó en 2003 el ataque terrorista a objetivos occidentales en Arabia Saudí en el que murieron 35 personas.

En 2004 sembró las carreteras iraquíes de un nuevo tipo de bombas que causaron la muerte de cientos de americanos.

En 2005 perpetró un asesinato de mucho más impacto público, el del primer ministro libanés Rafik Hariri y otras 21 personas con un brutal coche bomba en el centro de Beirut. Lo más notable en 2006 fue que sus hombres en el Líbano, Hizbolá, secuestraron y mataron a varios soldados israelíes desencadenando un choque militar que causó miles de muertos.

Podríamos seguir a ejemplo por año, pero demos un salto al presente: Soleimani hoy dirigía la resistencia Hutí en Yemen y atacaba refinerías saudíes; ha jugado un papel clave en revertir la marcha de la guerra civil siria hacia la victoria de Bashar al Assad que hoy tiene el control de casi todo su país gracias a Soleimani. Y en Bagdad organizó un asalto sobre la embajada norteamericana. Y ahí se equivocó.

Los Estados Unidos son tradicionalmente un país que responde. En 1989 Manuel Antonio Noriega «Carapiña», el dictador -y narcotraficante- panameño, respondió a las demandas de Estados Unidos diciendo en un arenga a sus seguidores que él declaraba la guerra a los Estados Unidos. A las 48 horas las tropas norteamericanas invadieron Panamá, claro.

Un presidente no puede dar la impresión de que un ataque a intereses de su país puede acabar con impunidad del atacante. Obama cometió ese error en el asalto al consulado en Bengazi.

Trump, hasta ahora, parecía poco interesado en responder a nada: durante un año los ataques han ido creciendo y han carecido de respuesta. O, peor aún: Trump había manifestado su voluntad de retirarse.

Y en estas circunstancias, llegan los demócratas y censuran la actuación de su presidente. Lo que no ha hecho ni Rusia, ni China lo critican los demócratas. Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, declaró el pasado viernes que «la pasada semana la Administración del presidente Trump perpetró un ataque aéreo militar provocador y desproporcionado en el que su objetivo eran oficiales militares de alto rango».

Hoy, para honrar nuestro deber de mantener la seguridad del pueblo americano, la Cámara aprueba una resolución sobre poderes de guerra que limita las acciones del presidente en Irán».

Lo nunca visto. Después de acusarle de actuar sin permiso, intentaron limitarle sus acciones por escrito. Claro que la resolución era no vinculante, porque nadie se atreve a decir a un presidente que puede emplear todos los medios disponibles contra quienes pretenden atacar a los norteamericanos.

Joe Lieberman, senador demócrata por Connecticut entre 1989 y 2013 y fallido candidato a la Vicepresidencia acompañando a Al Gore, ha descrito muy bien la gravedad de la situación («The Democrats and Iran» «Wall Street Journal». 06-01-2020): «La afirmación de algunos demócratas de que Trump no tenía autoridad para ordenar este ataque sin la aprobación del Congreso es constitucionalmente insostenible. La autoridad para actuar con rapidez para eliminar una amenaza a los Estados Unidos es inherente a los poderes constitucionales del presidente. Contradice el sentido común decir que el presidente debe notificar al Congreso o empezar un proceso formal de autorización antes de responder a una amenaza inminente. En muchas ocasiones el presidente Barack Obama ordenó sensatamente ataques con drones a dirigentes terroristas».

Pero de eso no quiere acordarse nadie. Los drones sólo son malos según quién mande matar con ellos.

Ramón Pérez-MauraRamón Pérez-MauraArticulista de OpiniónRamón Pérez-Maura