El relevo al trono de Omán, oculto en un sobre

0
42



Actualizado:

Guardar

Apenas unas horas después de anunciarse de madrugada la muerte de Qabús bin Said de Omán sin herederos ni sucesores conocidos, ayer subió al trono su primo Haitham bin Tareq al Said para tomar el relevo del que era el último sultán de Oriente Próximo, tras casi cinco décadas en el poder.

En un aparente intento de evitar un vacío de poder, el nuevo sultán logró encajar en una misma mañana la celebración de la ceremonia de su ascenso al trono, marcada por las promesas de continuar con la política conciliadora y de no interferencia de su predecesor, y la despedida de Bin Said hacia el cementerio familiar de Baushar.

Gran Bretaña pergeñó el golpe «suave» que elevó a Qabús al Said al trono de Omán en julio de 1970: veía peligrar sus intereses -y por ende, los de Occidente- ante la incapacidad de su padre, el Sultán Said ben Taimur, de acabar con la rebelión marxista de Dhofar -sur del país- y su pasividad de cara a la modernización de un país que ya disponía, gracias al petróleo, de las bases para alcanzar la prosperidad. Qabús entendió la lección, poniendo en marcha ambiciosos planes de infraestructuras en un país que carecía hasta entonces de redes solventes de carreteras, hospitales y escuelas. Tampoco descuidó las formas: el nuevo soberano cambió la bandera, la moneda y hasta el nombre del país, que pasó a llamarse Sultanato de Omán, en vez de «Omán y Mascate», que recordaba a las divisiones del pasado.

Fue, sin embargo, en el ámbito diplomático en el que Qabús desarrolló su originalidad, impulsando a adhesión de su país a la ONU y a la Liga Árabe, pero no a la Opep ni a su equivalente estrictamente árabe, la Opaep. Esta actitud distante respecto de los organismos de coordinación petrolífera no ha afectado al estatus de potencia energética media de Omán. Mención aparte merecen las relaciones con Irán, el poderoso vecino con el que controla la circulación por el estratégico Estrecho de Ormuz.

Nueva etapa

Si bien el sultán aceptó los tres mil soldados que el Sha envió en 1975 para ayudar a sofocar la rebelión de Dhofar, se decantó por el pragmatismo con el advenimiento de la República Islámica. Sin ir más lejos, mantuvo, a diferencia del resto de países árabes, una postura de neutralidad durante la guerra entre Irán e Iraq, de la que tomaron nota en Teherán, aceptando años más tarde los ayatolás que Omán acogiese algunos de los discretos encuentros con interlocutores estadounidenses que ayudaron a forjar el hoy agonizante Acuerdo Nuclear de 2015. Qabús también destacó en el conflicto árabe-israelí: volvió a desmarcarse de sus socios de la Liga Árabe al no romper con Egipto tras los Acuerdos de Camp David de 1979 al tiempo que estableció unas curiosas conexiones de altibajos con Israel, que comenzaron con una visita de Yitzhak Rabin a Mascate en 1994, cuyo logro más palpable fue la apertura de oficinas comerciales en ambos países, que se cerraron una vez estalló la Segunda Intifada. El encuentro de hace dos años entre Qabus y Benjamín Netanyahu solo sirvió para restablecer formalmente un diálogo.

En el plano interno, Qabús supo reaccionar en los últimos años a los conatos de una «mini primavera árabe» al cesar a los ministros más implicados en casos de corrupción aunque sin socavar los cimientos autocráticos de un régimen en el que asumía, además de la Corona, las carteras de Finanzas, Exteriores y Defensa.

En su intervención, el nuevo sultán se comprometió a seguir respetando la «soberanía» de los países, mantener la cooperación internacional, apoyar la vía pacífica para la resolución de «todas» las disputas y tener relaciones amistosas con las diferentes naciones del mundo. Queda por ver ahora si logrará llenar el vacío dejado por un sultán en el poder desde 1970, muy querido y hasta venerado en el pequeño país, del que se le atribuye la modernización y desarrollo en las pasadas décadas.