Los vecinos de la legación en La Paz: «!Quintana, pendejo, queremos tu pellejo!»

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Enviada especial a La Paz
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«¡Quintana, pendejo, queremos tu pellejo¡», «!Somos cuatro gatos, carajo. Venimos por las ratas, carajo!». «Quintana» es José Ramón Quintana, hombre fuerte de Evo Morales y uno de los nueve asilados de su Gobierno en la residencia de María Teresa Mercado, la exembajadora de México en La Paz. Para las «pititas», las mujeres que hacen vigilia con los jóvenes de la «resistencia», en la barrera de la urbanización La Rinconada, el ex ministro de la Presidencia es el máximo trofeo de la justicia boliviana. «A por él iban los diplomáticos encapuchados españoles», clama una de ellas. Sin diferenciar entre los geos, el cónsul y la ministra consejera de la Embajada de España (hoy expulsados de Bolivia) que acudieron a hacer esa «visita de cortesía», según la versión oficial del Gobierno, los hombres y mujeres que acampan en la calle, explican su misión: «Evitar que los delincuentes se fuguen, impedir que se repita otro intento como el de los encapuchados (en alusión a los agentes que llevaban medio rostro cubierto). ¡Qué pena España!», repiten.

Imposible convencerles de que puede haber otras explicaciones, se suceden las diferentes versiones. Sergio López da la suya: «Dicen que fue una encerrona, pero qué encerrona. Ya iban encapuchados dentro de los coches y pretendían pasar. Llegaron rápido, con peligro para la gente, casi atropellan a dos vecinos y se fueron más rápido. Hasta chocaron con un taxi y siguieron de largo». La versión la sostienen con el vídeo de Unitel, la cadena de televisión que hacía guardia y grabó la llegada de los dos vehículos.

«Dicen que fue una encerrona, pero qué encerrona. Ya iban encapuchados dentro de los coches y pretendían pasar»

«¡Quién se cansa, carajo. Nadie se cansa. Quién se rinde, carajo. Nadie se rinde!» Los cantitos se suceden pero ni Quintana ni ninguno de los hombres que ruegan para poder salir de Bolivia los escuchan. La residencia de Mercado queda unas manzanas más alla de la garita que les impide el acceso y bastante cuesta arriba. Hasta allí, por mucho que se desgañiten, no llegan los gritos. Siete vehículos policiales custodian «la residencia» y cerca de medio centenar de «uniformados» hacen su ronda por la zona. Todas las ventanas de la casa se han cubierto con telas para que no se pueda ver nada desde el exterior.

Urbanización restringida

En la urbanización no puede entrar la prensa ni nadie que no sea propietario, esté alquilado o tenga una invitación especial de alguno de estos. En esta selecto grupo de viviendas viven los bolivianos con poder adquisitivo alto. «Un vía crucix», repite molesto uno de los propietarios de las viviendas próximas a la entrada principal. La embajadora de Uruguay también tiene alquilado en este «condominio» un chalet, justo, enfrente al de los «huéspedes» de la mexicana.

Su casa fue durante un tiempo residencia del anterior embajador de México pero éste se mudó hace dos años y se instaló en la actual donde resisten los nueve asilados. La cifra exacta de los refugiados, en rigor, se dedujo por las solicitudes de salvoconductos que tramitó la legación diplomática pero el Gobierno de Jeanine Áñez nunca recibió «una notificación oficial con la lista de asilados», observa una fuente oficial.

Los gerifaltes del Gobierno que se fue en medio de revueltas callejeras y el escándalo del fraude de las elecciones del pasado mes de octubre se han tenido que adaptar a una casa que, salvo reforma de última hora, posee, «cuatro dormitorios en el piso superior, donde comparten dos baños y un aseo aunque en la planta inferior hay una dependencia de servicio con otro cuarto de baño», detalla una persona que la conoce bien.

Remy Varela, de 61 años, acude a diario al campamento de la resistencia. Salió por primera vez a la calle a «apoyar para bloquear la salida de Evo» Con las otras mujeres, se las conoce como las «pititas» que es como se identifican los cabos finos de cuerdas. «El expresidente, antes de escaparse, se burló de nosotras y dijo: Yo, les voy a dar una cátedra de bloqueos. Bloquean con sus pititas y sus llantitas (rueditas). Y, era verdad, la primera vez que nos manifestamos ni siquiera teníamos una pitita, solo una bolsita de nylon y dos llantas» pero, añade, «las pititas lo tumbaron, consiguieron la paz, la libertad y la democracia de Bolivia».

«El expresidente, antes de escaparse, se burló de nosotras y dijo: Yo, les voy a dar una cátedra de bloqueos»

Alimentar la protesta

En Bolivia son históricas las concentraciones, marchas, protestas de mineros, indígenas y las «mal llamadas organizaciones sociales», apunta otro de los hombres que aguanta como un soldado el frío y la lluvia en la calle. «Lo que no era habitual era que la clase media saliera a protestar y eso es lo que pasó desde que se celebró el referéndum donde salió NO a una cuarta postulación de Evo Morales». El expresidente prófugo no respetó el resultado, recurrió a los altos tribunales, hechos a su medida y consiguió la habilitación judicial que el voto popular le había negado para intentar perpetuarse en el poder.

Marto Quiroga es «chef» y dueño de la cadena de restaurantes «Los lechoncitos del sur». Acude a diario a la urbanización en una furgoneta con la parte trasera descubierta. «Traemos una olla con alimentos para la gente y los policías destacados». En alguna ocasión, recibe una inesperada ayuda de un puñado de bolivianos, pero con eso no tiene para empezar. En total, desde que empezaron las «concentraciones en la Plaza Murillo contra el fraude en las urnas servimos unos 25.000 platos», recuerda.

Remy Varlea confiesa su admiración por él y recuerda un tuit de Evo Morales: «Todo delincuente confeso se escapaba, escribió en Twitter. Él es el ejemplo». Dicho esto, asegura, «yo, creo que el Gobierno debería romper relaciones con Argentina y con México… ¿Con España?… No, hay que pensar que fue su Gobierno, no el pueblo». Quiroga, la interrumpe, «España no ha refugiado a esos delincuentes. Lo que hizo es diferente. No debe implicar romper relaciones», señala.

La pregunta del millón es, ¿hasta cuándo piensan hacer guarda? La respuesta, incluidos los que muestran enormes chapas que suenan como escudos, es la misma: «Hasta que se haga justicia. De acá sólo deben salir para que les hagan un juicio. Justo, pero un juicio», zanja Joaquín Argalla, un estudiante de 38 años.