El trágico precedente del consulado de Bengasi

0
112


Corresponsal en Washington
Actualizado:

Guardar

El presidente Donald Trump quiere que la ciudadanía estadounidense tenga clara una cosa: «Esto no es un Bengasi, porque Bengasi nunca debería haber ocurrido, y nunca volverá a haber un Bengasi». Se refería el presidente de Estados Unidos, en una conversación con la prensa el último día del año, al asalto de 2012 al consulado norteamericano en la ciudad libia de Bengasi, en el que murieron cuatro estadounidenses, entre ellos el embajador Christopher Stevens. Entonces Hillary Clinton era la jefa de la diplomacia norteamericana y uno de los grandes argumentos de la campaña electoral de Trump en 2016 fue que su contrincante demócrata era una incompetente y un peligro para la nación, dado el funesto resultado de aquel ataque.

Atento a las redes

Siempre atento a lo que se dice de él en las redes sociales, el presidente Trump vio el 31 de diciembre que la palabra Bengasi se colocaba entre las tendencias de Twitter, en referencia al asalto a la Embajada, y él mismo entró en el debate con un lacónico mensaje en el que dejaba claro su punto de vista: «¡El anti-Bengasi!». Sin que los periodistas le preguntaran por aquella violenta toma de rehenes de 2012, el presidente la sacó a colación para negar que el asalto a la Embajada de Bagdad tenga nada que ver con ella.

La reacción del Gobierno estadounidense al asalto a la legación diplomática en Irak demuestra que el presidente Trump quiere evitar a cualquier precio una toma de rehenes y bajas como las de Libia: la seguridad de la misión diplomática en Bagdad ha quedado reforzada por un destacamento del Marine Corps y ya están de camino a Kuwait cientos de soldados estadounidenses capaces de desplazarse rápidamente a Bagdad en caso de que se repita un asalto como el de los pasados días.

El ataque en Bengasi, que fue investigado por una comisión en el Capitolio en la que testificó Hillary Clinton, fue en realidad instigado por el grupo suní Al Qaida, y en apariencia era la reacción a la distribución de una película crítica con el islam y con la figura de Mahoma, su profeta. La Casa Blanca, sin embargo, siempre mantuvo que la película fue una excusa para alentar la protesta por medio de las redes sociales y ejecutar un atentado terrorista en el que se emplearon rifles y granadas.

En comparación, el asalto a la Embajada de Bagdad del pasado 31 de diciembre ha provocado solo daños materiales, aparte de la humillación que supone para Estados Unidos que sus diplomáticos tuvieran que pasar 48 horas en un búnker ante la pasividad de las fuerzas de seguridad iraquíes, a las que llevan años entrenando y financiando. Según Trump, tras ese asalto se halla no el terrorismo suní de Al Qaida o el Estado Islámico, sino la potencia chií del Golfo, el régimen iraní del que Washington es adversario desde la toma de rehenes de 1979.