El asalto a la embajada de EE.UU. en Bagdad dispara la tensión con Irán

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Washington
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En una prueba de que está perdiendo el control de su misión en Irak, Estados Unidos se salvó ayer por la mínima de un desastre comparable a la toma de rehenes en su embajada en Teherán durante el punto álgido de la revolución islámica de Irán hace 40 años. El último día del año, una turba asaltó la embajada norteamericana en Bagdad al grito de «muerte a América» y, algo insólito, logró romper el grueso perímetro de seguridad y destrozar e incendiar la recepción de uno de los complejos diplomáticos más fortificados del mundo. Sólo la reacia intervención del gobierno iraquí impidió la toma de rehenes.

Los atacantes se retiraron ayer por propia voluntad tras acampar dos días frente a la embajada en protesta por unos bombardeos aéreos de EE.UU. contra una milicia chií que provocaron 25 muertos y más de medio centenar de heridos. La Casa Blanca dijo que esos bombardeos obedecían a su vez a un atentado previo de esa milicia en el que murió un contratista de servicios de seguridad de nacionalidad estadounidense. La milicia, de nombre Kataeb Hezbolá, recibe apoyo de Irán, que en años recientes, y desde la caída del régimen de Sadam Husein, ha aumentado notablemente su influencia sobre Irak.

5.000 soldados

El Pentágono mantiene a 5.000 soldados en Irak para labores de entrenamiento y apoyo a las fuerzas armadas de ese país. En el apogeo de la guerra, que duró de 2003 a 2010, hubo hasta 170.000 uniformados de EE.UU. en ese país. La embajada norteamericana en Bagdad es un enorme complejo, mayor que la Ciudad del Vaticano, dentro de un fortín que se conoce como Zona Verde. Es, junto con la de Kabul, la misión diplomática de EE.UU. más protegida del mundo.

Tras obtener noticias del asalto, el presidente Donald Trump acusó directamente a Irán de estar detrás de las protestas antiamericanas. Preguntado por la prensa por si cree que este aumento de la tensión puede provocar una guerra con Irán, Trump respondió que “no sería una buena idea por parte de Irán, porque no duraría mucho”. «¿Quiero una guerra? No. Lo que quiero es paz. Me gusta la paz. E Irán debería estar trabajando por la paz más que nadie. Pero no es lo que estamos viendo. Si hubiera una guerra, la ganaríamos muy pronto», dijo el presidente desde su mansión en Mar-a-Lago, en la Florida, donde pasó el fin de año.

El derribo del régimen de Sadam Husein por parte de EE.UU. le abrió a Irán una oportunidad única de aumentar su influencia en Irak, un país con el que había estado en guerra dos décadas antes. El 90% de la población iraní es chií, como lo es el 70% de los iraquíes. La Casa Blanca ha apoyado un proceso de elecciones y construcción de instituciones democráticas en Irak que han llevado al poder a gobernantes chiíes afines a Irán. Esta potencia islámica extiende ahora su influencia a través de partidos y guerrillas desde el Mediterráneo hasta el golfo Pérsico.

Tras el asalto del 31 de diciembre, los diplomáticos norteamericanos en Bagdad se refugiaron en un búnker del que pudieron salir ayer, sólo después de que el gobierno de Irak pidiera en repetidas ocasiones a los manifestantes que se retiraran de las puertas de la embajada. Varias imágenes tomadas por los asaltantes, compartidas en redes sociales, muestran que los soldados iraquíes, entrenados por los estadounidenses, no intentaron contener el asalto y en algunas ocasiones incluso participaron de la protesta, rompiendo ellos mismos parte del mobiliario.

El gobierno iraquí, al que apoyan tanto Washington como Teherán, se encuentra en una situación muy precaria. Hace un mes, tras una ola de protestas, el primer ministro, Adil Abdul Mahdi, dimitió y se encuentra en funciones, aunque el parlamento todavía no le ha encontrado sustituto. Abdul Mahdi había condenado los ataques aéreos de EE.UU. del domingo por considerarlos “una violación de la soberanía iraquí”, unas palabras que envalentonaron a los asaltantes de la embajada.

Por su parte, el régimen iraní ha negado tener nada que ver con las protestas. Según informan las agencias iraníes, el líder supremo Alí Jamenei respondió directamente a Trump alegando que si «la República Islámica decide enfrentarse a algún país, lo hará de forma directa». En señal de protesta, el gobierno iraní convocó al encargado de negocios de Suiza en Teherán, que representa los intereses de Washington en ese país. EE.UU. e Irán rompieron relaciones diplomáticas tras la toma de rehenes de 1979.

La tensión entre Irán y EE.UU. se ha disparado desde que Trump decidiera salirse unilateralmente del acuerdo de desnuclearización del régimen islámico negociado por Barack Obama en 2015, aumentado las sanciones económicas. Sólo este año, el Pentágono ha destinado al golfo Pérsico más de 14.000 soldados y un portaaviones por diversos incidentes como el abordaje de petroleros y el derribo de drones norteamericanos.

Aun así, Trump ha demostrado ser completamente reacio a un conflicto. En julio ordenó un ataque contra objetivos militares iraníes y lo abortó segundos después cuando supo que habría al menos una decena de muertes. En varias ocasiones, el presidente ha calificado la guerra de Irak —a favor de la que votaron republicanos y demócratas, incluida Hillary Clinton— como uno de los mayores errores de política exterior de toda la historia de EE.UU.