El mejor despotismo ilustrado del mundo

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Parece inminente la muerte del Sultán Qaboos bin Said (pronunciado Gabús), soberano de Omán desde el 23 de julio 1970. El gobernante arábigo que más tiempo lleva en el cargo. Lo que Qaboos ha hecho con su país no tiene paralelo en el mundo. Su padre, el Sultán Said (1932- 1972), regía sobre un territorio que en el pasado incluía a Zanzíbar. Estaba bajo una influencia británica que detestaba y como componenda envió a su único hijo y heredero al colegio a Inglaterra a los 16 años y a los 20 entró en la Real Academia Militar de Sandhurst. Fue un error que Said lamentaría hasta su muerte. Después de extender su educación por el mundo bajo supervisión británica, Qaboos volvió a Omán en 1966 y fue puesto bajo arresto domiciliario por su padre en su palacio de Salalah, la capital del sur del país donde las montañas llegan casi al borde del agua y dejan una franja costera verde y acogedora.

En 1970 Omán tenía cuatro kilómetros de carretera asfaltada, una única línea de teléfono que unía el palacio de Mascate con el de Salalah y una insurgencia comunista fomentada desde Yemen que estaba a punto de cortar el país en dos. Todo ello sobre unas inmensas riquezas gasísticas que el Sultán Said no quería explotar por miedo a alterar la vida de los omaníes. El heredero, con la ayuda del MI6 y sus antiguos camaradas de Sandhurst, dio un golpe de Estado el 23 de julio de 1970 y envió a su padre a vivir a su odiada Inglaterra. El Sultán Said murió de pena en el exilio el 19 de octubre de 1972, poco más de dos años después de su deportación. Durante ese exilio ocupó una suite en The Connaught, en Carlos Place, Londres.

Qaboos tuvo que hacer todo. Confieso que cuando yo visité el país por primera vez el 16 de noviembre de 1991 caí rendido ante el país. A diferencia de lo que ocurría en el resto de la región, en Omán se veía una pujanza espectacular. Había voluntad de ser diferentes. Había un despotismo ilustrado que incluso para los defensores sin matices de la democracia universal parecía funcionar muy bien. Era cierto que la libertad ni estaba ni se le esperaba, pero había una enorme liberalidad frente a las formas del Islam más radical y era imposible encontrar opositores por más que se les buscase con saña. Incluso hay una catedral católica que el Sultán financió de su bolsillo. A lo largo de casi treinta años he vuelto a Omán múltiples veces. Desde Jasab en el estrecho de Ormuz hasta Salalah pasando por Mascate. El despotismo ilustrado del Sultán Qaboos -sí, no es una democracia ni un régimen equiparable con las democracias occidentales aunque intente adoptar sus formas- ha dado a sus compatriotas un progreso que parece satisfacerles plenamente. Pero habrá que ver que ocurre cuando haya que pasar página más pronto que tarde.

El Sultán lleva al menos un lustro luchando contra un cáncer de colon. Se decretó desde el principio como un cáncer terminal y ya nada se puede hacer. Su cuerpo pesa hoy sólo 35 kilos. El Sultán sólo se ha casado una vez en su vida: fue entre 1976 y 1979 con la Princesa Nawwal binti Tariq bin Taimur bin Faisal Al-Said. Pero aquello no podía funcionar porque el Sultán es un soltero por naturaleza -antes de que se cambiara la naturaleza-. Así que después de reinar casi medio siglo el Sultán Qaboos, que es el gran mediador entre Estados Unidos e Irán o Israel y el propio Irán -y eso a pesar de que Shah Rezah Phalevi fue uno de sus apoyos importantes en el golpe de Estado de 1970- debería designar sucesor «a dedo». Pero ha ideado un sistema más sutil. La legislación vigente del Sultanato dice que un consejo de la Familia Real debería elegir un nuevo Sultán en los tres días posteriores a la muerte de Qaboos. Pero no parece que haya consenso entre los miembros a de la Familia Real.

Si entre ellos no llegan a un acuerdo, los jefes de las dos cámaras del consejo consultivo, el consejo de defensa de la nación y el jefe de la Corte habrán de recurrir a abrir un sobre sellado por Qaboos con el nombre de su sucesor designado. Es de una sutileza maquiavélica. El despotismo ilustrado ha rendido a Omán unos beneficios inmensos por comparación con la riqueza natural que posee. Veremos si éste último gesto del déspota-Sultán es tan beneficioso como lo ha sido toda su vida para su pueblo.

Ramón Pérez-MauraRamón Pérez-MauraArticulista de OpiniónRamón Pérez-Maura