Al y Dom, el tándem que volteó dos veces la política británica

0
77


Enviado especial a Londres
Actualizado:

Guardar

En noviembre hubo graves inundaciones en South Yorkshire, al Norte de Inglaterra. En localidades como Doncaster, feudo laborista de siempre, emergió el mejor espíritu comunal para hacer frente todos juntos a la riada. En plena crisis, preguntaron a una candidata laborista de la zona, Sophie Wilson, de la plataforma ultraizquierdista Momentum que aupó a Corbyn, qué proponía para paliar los daños. Su respuesta fue esta: «Primero debemos abordar el problema del cambio climático». Wilson hizo gala de un izquierdismo de salón, que no conectaba con las necesidades reales de los vecinos de Doncaster, zona postrada donde muchos vecinos apurados están más pendientes de las ofertas 2X1 del supermercado Morrison que de los desvelos de Greta. La aspirante laborista se quedó a 13 puntos del conservador, que se llevó el escaño.

En 2016, el Brexit se había impuesto en Doncaster por un 69% de apoyo. Los laboristas no supieron interpretar esa marea. No acertaron a leer el desaliento vital que anidaba en sus graneros de votos de las Midlands, el Norte y Gales. No apagó el rencor contra el próspero Sur y el brillo de Londres. Pero hubo quién sí lo hizo. Sus allegados les llaman Al y Dom, y el resultado de su visión es una mayoría absoluta de 80 escaños y la insólita caída del Muro Rojo.

Ayer, al día siguiente de su histórica victoria, la mayor de un «tory» desde la de Thatcher en 1987, Johnson viajó al Norte para darles las gracias a los votantes laboristas que insólitamente cambiaron de bando y lo entronizaron. El «premier», que no da puntada sin hilo, eligió una pequeña villa de 5.200 vecinos, Sedgefield, donde fue recibido entre ovaciones de «¡Boris, Boris!». ¿Por qué ese pueblo? El titular del escaño de Sedgefield entre 1983 y 2007 se llamaba Tony Blair. «Habéis cambiado la política de este país», les dijo a los vecinos un agradecido Boris, que ofreció también su obligada dosis de marketing sirviendo una pinta en el club local de críquet.

Boris, al que sus familiares y personas más cercanas -se dice que amigos de verdad no tiene- llaman Al, por su primer nombre (Alexander), es un político de principios variables. Estudiando clásicas en Oxford llegó a proclamarse socialdemócrata para lograr la presidencia de la Oxford Union. Como alcalde de Londres se mostraba cosmopolita y del ala más liberal de su partido. Pueden encontrarse piezas de vídeoteca donde defiende la UE. Brexitero tardío, antes de ponerse al frente de la campaña del Leave dudó agónicamente, y llegó a publicar un artículo a favor de la permanencia y otro en contra. Probablemente llegó a Brexit pensando en que era el mejor atajo para llegar al poder, y acertó. Boris tiene faz extrovertida. Le gusta agradar y sus humoradas acabarán siendo leyenda. Pero Al, su alter ego, es reservado, sensible -el divorcio de sus padres le dejó una herida indeleble- y lo mantiene todo híper programado. «Ni siquiera los chistes son espontáneos», reveló Petronella Wyatt, la más sonada de sus amantes. Otros allegados hablan de «una curiosa vulnerabilidad».

Aunque formado en Eton y con apariencia de patricio «posh» de manual, Boris no es en puridad un miembro del alto establishment británico. Procede de una familia de clase media alta, liberal y de corazón original. Criado en Bruselas, donde su padre era funcionario comunitario, en sus primeros días en Eton sufrió el acoso de chicos aristócratas. El mayor de tres hermanos, toda su vida ha buscado la aprobación de los demás, que lo quieran.

Su Rasputín

Al, atípico para el molde del viejo partido tory, acabó aliándose con otro «outsider», Dom, que se ha convertido en su inteligente Rasputín. Al aporta la chispa escénica, el carisma de un político que es mayoritariamente querido, aunque dos tercios de los británicos declaran en las encuestas que no lo consideran «honesto» ni «de fiar». Dom, Dominic Cummings, de 48 años, ocupa hoy el cargo de «asesor especial jefe» del primer ministro. Él trae las ideas de faros largos, la visión de un mago de la estrategia política de carácter volcánico. Dom fue quién como jefe de la campaña del Brexit inventó en 2016 el lema «retomemos el control». A él se debe la sencilla frase multimachacada que ha dado ahora a Johnson su triunfo: «Get Brexit done». Obsesionado con los datos, las matemáticas y la amenaza y posibilidades de la Inteligencia Artificial, él fue quién incorporó a físicos a la campaña del Leave, trabajó con focus group y hasta copió sistemas de trabajo de la NASA.

De lengua acerada, trato difícil y porte desaliñado -viste camisas y camisetas viejas-, con ancha frente alopécica, gesto siempre crispado y la mirada de fuego del creyente, Cummings, un norteño de 48 años, ha soltado este diagnóstico de lo que pasó el jueves en las urnas: «Los educados partidarios del Remain no supieron leer lo que había tras el shock del referéndum. Los diputados y los periodistas debería haberse tomado un respiro y hacer un montón de auto reflexión, porque no entendieron el estado de ánimo del país. Simplemente redoblaron sus ideas y la jodieron todavía más. Su conversación está a miles de kilómetros de la realidad».

Cummings, de clase media, estudió Historia en Oxford y de joven trabajó un par de años en el mundo de los negocios en Rusia. No tiene carnet del Partido Conservador, pero de 2007 a 2014 fue el asesor del ministro de Educación. También llevó -de nuevo con éxito- la campaña a favor de la libra y contra el euro.

Dom procede de Durham, una ciudad de 50.000 habitantes del Noreste. Allí respiró el resentimiento de esa Inglaterra que se ha quedado atrás. En el modelo actual del país, la pujanza de Londres y el Sur transfiere subsidios a esas zonas depauperadas, donde además todavía se conserva algo de empleo. Pero con la crisis del 2008 el frágil equilibrio pinchó. Como cerebro de la campaña del Leave tuvo la idea de canalizar ese resentimiento social hacia un chivo expiatorio concreto: Bruselas. En esta campaña convenció a Johnson para ofrecer un conservadurismo que atienda al Norte olvidado, con más inversión en sanidad y policía. Como lema, uno bien sencillo: rematar de una puñetera vez la faena del Brexit y pasar a la urgente agenda doméstica. Esa agenda ha derribado el Muro Rojo, debilitado por un corbynismo poco patriótico y demasiado londinense.

Cummings, admirador de Bismark y Sun Tzu, lector constante de «Ana Karenina», quiere continuar su revolución. Detesta al funcionariado de Whitehall («una institución decrépita, el estupor de un cerebro muerto») y quiere que el Reino Unido sea punta de lanza en educación y tecnología. En su blog, donde escribe curiosísimos ensayos con la furia de un grafómano, ha llegado a proponer que el Reino Unido se alíe con Jeff Bezos, el dueño de Amazon, para crear una base permanente en la Luna para la humanidad.

Pero Dom es un personaje harto difícil. El pasado agosto llamó a una asesora del ministro de Economía, le pidió sus dos móviles y al ver que se había mensajeado con un tory europeísta enemigo de Johnson, llamó al policía de la puerta del Número 10 y le ordenó que la echase. El revuelo fue enorme. Pero Boris no lo dejó caer. Uno compone la partitura, el otro la aprueba y la canta con innegable gracia y carisma. Cameron llamaba a Cummings «psicópata de carrera». Cummings decía de Cameron: “Es una marioneta en el Número 10. No sabe lo que está haciendo”. Dom aspira a una revolución. Boris probablemente se conforme con el poder.