La rotunda victoria de Boris Johnson se lleva por delante a Corbyn

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Londres
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A las cinco de la madrugada, Boris Johnson proclamó su victoria en las elecciones que ambos partidos presentaban como «las más importantes en una generación». Eufórico en el escenario del recuento de votos de su circunscripción de Uxbridge, el primer ministro declaró que «ha sido una votación histórica, que nos permite llevar a cabo el Brexit, recuperar el dominio del pueblo y cambiar este país a mejor». Su alegría tenía buenas razones. A falta de un centenar largo de escaños por recontar de los 650 que componen los Comunes, los conservadores se impondrán con 362 diputados, 44 más de los que obtuvo May en 2017, lo que supone una mayoría absoluta de 36. Con esas cifras, Johnson podrá ejecutar por fin el Brexit el próximo 31 de enero, poniendo fin a tres años y medio de idas y venidas y atrancos parlamentarios.

El gran batacazo es para el Partido Laborista, que con su propuesta de un segundo referéndum y un disparatado programa de rancio socialismo intervencionista pierde 86 escaños y se queda en 199. Jeremy Corbyn, el líder de la oposición con la valoración más baja de la historia, ya ha anunciado de madrugada su dimisión («no encabezaré al partido en las próximas elecciones») y ha reconocido que el resultado es «muy decepcionante». Sin embargo insistió en que sus políticas de nacionalizaciones del ferrocarril, el agua, la luz y la banda ancha y una subida dura de impuestos eran «populares». En su análisis su batacazo se debe «al tema del Brexit», y no le falta razón, porque la postura de su partido en el gran debate nacional era nebulosa: prometían un nuevo reférendum, pero el líder, euroescéptico, no fijaba qué posición tomaría en él.

Los conservadores han logrado lo increíble, romper el legendario Muro Rojo laborista, los graneros del Norte que parecían «no go areas» para los tories. El Brexit lo ha cambiado todo, pues algunas de esas demarcaciones laboristas habían votado «leave» y querían zanjar la ruptura con la UE, un gesto nacionalista que creen que les protege contra las incertidumbres de la globalización. Boris Johnson supo trabajarse el cinturón rojo, al que dedicó desde el alba sus 72 últimas horas de campaña, y ya tiene su premio. Reductos como Wrexham, Redcar, Sedgefield o Wolverhampton son ahora azules.

La derrota laborista es tan dura que uno de los nombres que sonaban para sustitutivos un día a Corbyn, Laura Pidcock, ha perdido su escaño.

La otra triunfadora de la noche junto a Johnson es la mandataria escocesa, la separatista Nicola Sturgeon, con 52 de los 59 diputados que aporta Escocia a los Comunes. El SNP ha subido 17 escaños y a Sturgeon le ha faltado tiempo para decir que «ya tenemos un mandato para pedir un nuevo referéndum». Su argumento esta vez es que dado que Escocia votó por más del 60% permanecer en la UE, contraviene su voluntad verse arrastrada fuera de ella. No parece que Boris Johnson vaya a concederle esa consulta. Theresa May, espectro del pasado que ha aparecido esta larga noche ante las cámaras en su circunscripción de Maidenhead, ya le ha recordado que «cuando se hizo la consulta de 2014 se dijo que era para una generación, y eso no ha cambiado».

Pero las costuras de la nación pueden sufrir. En Irlanda del Norte los republicanos del Sinn Féin han logrado una insólita victoria sobre el DUP unionista, por 9 escaños contra 8. Los diputados del Sinn Féin de todas formas no toman posesión de sus asientos como gesto de rebeldía contra los británicos.

El Partido Liberal Demócrata, el único que empezó la campaña proponiendo directamente ignorar el resultado del referéndum y seguir en la UE, postura que luego fue matizando, sube de 12 a 13 escaños. Pero su líder, la poco articulada Jo Swinson, se queda sin su escaño en Escocia, arrollada por la crecida del SNP. Al conocer su derrota hizo una crítica al nacionalismo: «Mucha gente en este país está viendo con desamparo y pear como sube el nacionalismo al Norte y en el Sur, con los triunfos de Boris Johnson y el SNP». Los liberales han ido de más a menos y nunca han sido la fuerza de cordura intermedia que muchos esperaban como refugio centrista entre extremos.

El recuento avanza rápido, pero todo está ya decidido. Histórica victoria de Boris Johnson, que llegó a la política con imagen de bufón, pero al que las urnas dan la oportunidad de ser el estadista importante que siempre ha querido ser. De niño decía a sus padres que de mayor quería ser «el rey del mundo». Y al menos ya es el soberano de las urnas en el Reino Unido, coronado con su lema «Get de Brexit done» y una propuesta económica moderada, de mayor gasto social, pero alejada del delirio derrochador que proponía su adversario, que pretendía dilapidar 80.000 millones de libras más cada año.