El envés de la victoria

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La clara victoria de Boris Johnson no debe ocultar una realidad testaruda: más ciudadanos británicos votaron el jueves a partidos que defendían la permanencia en la UE que a los conservadores y a Nigel Farage. En un segundo referéndum hubiera sido posible un resultado favorable a quedarse en la Unión. Pero la ley electoral en el Reino Unido premia al partido más votado y castiga la dispersión.

El voto pro-europeo no ha sumado suficientes escaños. Boris se ha revelado como un táctico formidable y arrollador, con la ayuda de su fotogénico perro y la inestimable colaboración del peor líder laborista que se recuerda. Durante la campaña electoral no se han debatido mínimamente las consecuencias de la retirada según los términos pactados con Bruselas el pasado mes de octubre.

Es un acuerdo aún peor que el de Theresa May. Una vez se produzca la salida a final de enero y transcurran once meses, la economía británica se desconectará de su mercado natural, con la excepción de Irlanda del Norte, que mantendrá la libre circulación de mercancías tras levantar una frontera aduanera y regulatoria con Gran Bretaña. Antes de llegar al nuevo precipicio del 31 de diciembre de 2020, el Gobierno de Johnson no dispondrá de tiempo material para cerrar un tratado de libre comercio con la UE. Los británicos negociarán como tercer Estado, en una posición de debilidad política mayor, conscientes además de que han dejado a la intemperie su sector de servicios, el 80% de la economía.

Boris rechaza -por ahora- solicitar los veinticuatro meses de prórroga previstos. Sus huestes nacionalistas, en estado de euforia, se niegan a que la salida del Reino Unido lleve a aplicar casi tres años todo el Derecho comunitario sin estar en las instituciones de Bruselas. Sin embargo, un período transitorio largo sería lo mejor y beneficiaría a todos. Atemperaría las tensiones en una sociedad británica que culmina el Brexit muy dividida. La constitución no escrita se debilita al perder el anclaje europeo y los independentistas escoceses venden más que nunca su sueño de formar parte de la UE. La mayoría de los jóvenes británicos son partidarios de la Unión. A largo plazo podrían lograr una nueva consulta, si consiguen traducir su europeísmo en un activismo político bien organizado y tenaz.

Los que nos quedamos seríamos miopes si celebráramos la ruptura y no favoreciésemos un eventual regreso y, en cualquier caso, tejer una relación estrecha. Todos perdemos con la salida del Reino Unido, por mucha sensación de hartazgo que hayan generado los vaivenes de la negociación intra-británica. Mientras la segunda economía europea y la primera potencia militar se marcha, la tarea continental es fortalecer el proyecto de integración, al hacerlo más inteligible para el ciudadano de a pie y desarrollar mejores capacidades globales. La Unión necesita volver a ser un proyecto inspirado por un componente utópico, un dique de abrigo que frene la oleada populista iniciada con el Brexit.

José M. de AreilzaJosé M. de AreilzaArticulista de OpiniónJosé M. de Areilza