Enemigo a las puertas

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A la espera de conocer hoy los resultados en Argelia, no es aventurado decir que el protagonista real de las primeras elecciones presidenciales post-Buteflika ha sido la abstención. El movimiento popular de protesta contra el sistema político argelino –similar solo en parte al que registran las calles de Irak, Irán, el Líbano o Egipto– ha logrado en buena medida su objetivo entre los votantes. Caló el mensaje de que todos los candidatos proceden de la vieja guardia, que creció a la sombra de la corrupción con Buteflika y halagó la dictadura, y que Argelia solo elegía en realidad un presidente de paja: el verdadero poder está en manos del jefe del Ejército, el general Ahmed Gaïd Salah, que el pasado mes de abril forzó la caída del autócrata enfermo.

La acusación es cierta, con matices. El nuevo presidente, sea quien sea, ostentó en el pasado cargos oficiales, lo que le hace también parcialmente responsable de las angustias que afligen a los argelinos qur protestan en las calles: una economía que se reduce de año en año y un paro creciente que empuja a la emigración. Argelia, a muy pocos kilómetros de las costas españolas, prosigue su «boom» demográfico, y ya cuenta con 43 millones de habitantes, en gran medida jóvenes con ambiciones y deseos de cambio.

Ese contexto sigue convirtiendo a Argelia en un caladero especialmente apetecible para los mercaderes del odio a Occidente. El islamismo radical aún no es, desgraciadamente, historia en el país magrebí. Su huella es demasiado reciente. Entre 1991 y 2002, Argelia vivió una atroz guerra civil, que enfrentó al régimen laico socialista contra numerosos grupos armados yihadistas que aspiraban a crear en Argel el primer «califato» del planeta. El número de muertos superó con creces los 100.000. Aquella guerra terminó por agotamiento, pero la raíz fundamentalista aún está presente, especialmente en el interior de Argelia. Muchos de los que ayer votaron a viejos ex ministros lo hicieron tapándose la nariz y con una gran dosis de pragmatismo. Más vale apostar por un presidente con un poco de suerte reformista, que abonar el camino de la inestabilidad que tanto jalea el islamismo.

Francisco de AndrésFrancisco de AndrésRedactorFrancisco de Andrés