El nuevo libro de una periodista ayuda a descubrir los cadáveres de las víctimas de Israel Keyes

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Durante catorce años, Israel Keyes, viajaba por todas las ciudades de Estados Unidos cometiendo numerosas violaciones y asesinatos monstruosos. Sus métodos desafiaron la inteligencia por parte del FBI: abusó sexualmente de 15 personas, entre ellas hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. Los torturaba y los mataba cruelmente, para luego moverse a la siguiente ciudad en busca de su nueva víctima.

Sin embargo, a pesar de estos horribles actos, la mayoría de la gente nunca había escuchado su nombre. Todo empezó cuando la periodista Maureen Callahan se encontró con una pequeña noticia sobre Keyes, y decidió indagar más sobre las víctimas y la vida personal de este psicópata que al parecer, el Gobierno Federal de los Estados Unidos estaba decidido a ocultar de la luz pública uno de los crímenes más terroríficos de nuestro tiempo.

El libro de Callahan, American Predator: La búsqueda del asesino en serie más meticuloso del siglo XXI, es el resultado de sus años de investigación diligente que han puesto en descubierto lo que paso en febrero de 2012 en Alaska, donde Samantha Koenig, una estudiante 18 años desapareció del kiosko donde trabajaba por las tardes después de salir del colegio.

Fue gracias a Callahan que se dio a conocer un vídeo de la cámara de seguridad que mostró a Koeing irse con un hombre desconocido, quien al final resultó ser Keyes. Según numerosos informes, cuando declararon a la joven como «desaparecida» y las autoridades estudiaron las grabaciones de seguridad, los agentes de investigación clasificaron la transacción como normal y que quizás ella misma organizó su «propio secuestro» utilizando al sospechoso como su «cómplice».

En las grabaciones el hombre había mostrado tan poco de sí mismo que las personas que se encontraban en el kiosko en ese mismo momento, lo recordaban como «un hombre apuesto, alto y atlético», una descripción tan amplia como se podía deducir.

Los agentes no tenían para aquel entonces el mayor interés en descubrir al sospechoso debido a que Samantha se mostraba calmada y completamente dispuesta a salir del kiosko acompañada, por lo cual se dejo el caso a un lado.

Una imagen fija del vídeo de vigiilancia en el kiosco que muestra a Samantha Koenig la noche que fue secuestrada
Una imagen fija del vídeo de vigiilancia en el kiosco que muestra a Samantha Koenig la noche que fue secuestrada – Erin Hooley

No fue hasta meses después, que sin saber el paradero de la chica, alguien había utilizado su tarjeta de débito para hacer retiros de efectivos en Texas. Los agentes informaron a sus familiares de la situación y se volvió abrir el caso, cuatro días más tarde a las 2:25 de la mañana, un policía de Texas notó que había visto un coche aparcado frente al mismo cajero automatico donde se había realizado la operación de la chica. Minutos más tarde Keyes sale del coche, y es en ese instante que el patrullero le detiente pero este se enfurece y le grita «Encuentra una razón para detenerme». El policía no tenía una causa justificable para detenerle ya que era solo un sospechoso.

El agente volvió a entrar a su coche e informó acerca de lo sucedido, y un superior le insistió que encontrara una razón. Minutos más tarde, lo hizo. Keyes se había subido a su coche y condujó superando el límite de velocidad, fue detenido en plena carretera pero ninguno de los agentes sabían que al volante del coche parado estaba el próximo asesino en serie que sería buscado por todo el país.

Ted Bundy como modelo a seguir

El secuestro, al igual que en otros países, es un delito federal y el FBI había estado dirigiendo el caso desde la ciudad de Anchorage (Alaska) donde había desaparecido por primera vez Samantha. Sin tener ninguna pista de su paradero, una vez detenido Keyes confesó haber matado a la chica y que no era su primera víctima. Los agentes hicieron su trabajo y encontraron una mano de Samantha en un campo de Texas, en consecuencia fue sometido a juicio y lejos de la opinión pública.

El asesino fue capaz de hacerse cargo de su propio interrogatorio y defensa ya que veía con ineptitud la labor de un abogado. Según los informes y la investigación de Callahan, Keyes era frío y listo, siempre estaba a la vanguardia del juez y el abogado. A falta de un cuerpo, y los nombres de otras víctimas, no habían las suficientes pruebas para mantenerlo en prisión. Solo su confesión.

No obstante, los interrogadores y los agentes reconstruyeron cómo Keyes realizó los secuestros, pero de acuerdo a las investigaciones, fue su aleatoriedad y su rápido desplazamiento por diferentes estados del país, que le permitió librarse de tantos delitos. Ninguna víctima se relacionaba con otra, ni sus perfiles, ni relaciones, simplemente atacaba mujeres que se encontraban solas así como parejas de mediana edad. Esta aleatoriedad, le permitió matar sin ser detectado durante diez años.

Uno de los psicólogos forenses encargados del caso describió al homicida como una especie de adicto al asesinato que cazaba sus víctimas en lugares remotos; como parques, campamentos o senderos.

Israel Keyes era un veterano del Ejército de Estados Unidos y un contratista. Estudió a otros criminales pero según el informe elaboradio en diciembre por parte de la detective Monique Doll «Keyes era muy prudente, nunca dejo una pista pero si dejo muy claro que Ted Bundy era un ejemplo a seguir. Siempre decía que ningún criminal había modelado tanto sus acciones como el» dijo la detective en un comunicado de prensa.

Sin Arrepentimientos

De acuerdo a la policía, Keyes se suicidó cortándose una de sus muñecas y estrangulándose con las sábanas de su cama. Dejó una extensa nota de cuatro páginas en la que expresó que no tenía ningún arrepentimiento, ni daría pistas sobre el paradero de sus otras víctimas.

uUna de las notas que dejó Keyes antes de suicidarse
uUna de las notas que dejó Keyes antes de suicidarse – FBI

Los investigadores dijeron que tenía «un enfoque meticuloso y organizado para sus crímenes»: esconder armas, dinero en efectivo y elementos utilizados para deshacerse de los cadáveres en varios lugares.

Al día de hoy y gracias a la investigación por parte de Callaham, las autoridades han desenterrado dos de esas provisiones, una en las afueras de la ciudad de Anchorage, y otro cerca de un embalse en las montañas de Adirondack de Nueva York. Pero aún falta por conseguir el cuerpo de las otras trece víctimas.